lunes, 27 de febrero de 2017

Ficcionalización

Materia: Reflexión
Alumno: Julián Valente
Curso: 5to 1ra
Tema: Primera experiencia laborar de mi papá

“Yo soy cordobés, como diría Rodrigo, pero me tuve que mudar al sur (más precisamente a Puerto Madryn) para conseguir este laburo, que era en la metalúrgica Aluar (Aluminio Argentino). Nos fuimos con un amigo, que a su vez tenía un conocido que nos hizo entrar. Hacía un frío ahí… no te das una idea, se me congelaban hasta las uñas de los pies, por no decir otras cosas que queda feo que las diga acá. La siguiente semana a la que me mudé, ya había empezado a laburar en la fábrica. El laburo un sí, era una cagada. Se laburaba una semana a la mañana, otra a la tarde y otra a la noche (imagínate el frío que hacía cuando tenías que entrar a laburar de noche, espantoso sin ninguna duda), y tenías dos días de franco, pero se ganaba como para comer bien y como para no cagarse de frío por lo menos.
Tuve mis “encuentros” con el jefe, por lo cual tiempo después me terminé yendo de ahí, porque ya no me bancaba el choreo que había ahí adentro. Por ejemplo, tenía cinco o seis compañeros que todos los días me decían “che, cordobés, ¿me marcás la entrada?” (con una tarjeta que tenía nuestros nombres y apellidos) porque no sabían leer ni escribir, entonces me decían cómo se llamaban y yo les marcaba. Antes de que yo llegara, el jefe siempre les descontaba el presentismo justamente porque si no encontraban a nadie que se los marque, ellos no sabían hacerlo; y justamente también les descontaba esos días que no encontraban a nadie, que eran seis o siete al mes. Un día nos decidimos entre todos los empleados a hacer un paro, que duró unos diez días, pero dio resultado, porque al jefe (que en realidad era un gerente, el “capo” del lugar nunca estaba) lo terminaron rajando y conseguimos lo que quisimos, fue una locura lo que logramos a pesar del frío interminable que hacía ahí.
Y todo esto que vine contando, el jefe garca, el frío horrible, fue sólo una parte. Lo peor fueron las tragedias que hubo ahí. Yo sólo viví una, pero mis compañeros de laburo que estaban hace tiempo me contaban que hubo empleados que los han aplastado distintas máquinas con las que se trabajaba ahí, dicen que no se olvidan más cuando a Luisito (el empleado amigo de todos ahí) lo mató una máquina que lo aplastó contra una pared, terrible e increíble. Lo que yo viví fue menos traumático, diría que hasta gracioso, porque al día de hoy lo recuerdo como un acto de boludez enorme. Había un empleado llamado Eduardo que estaba hace ocho años y sabía hacer de todo… y cómo, al punto que él nos enseñaba a nosotros, pero era arrogante, y nos molestaba en vez de ayudarnos cuando algo nos costaba. Me acuerdo uno de mis primeros días que tuve que levantar un fierro de unos doce kilos o más, y él me veía y me decía “dale, Juancito-pichoncito, mi hija de 15 años levanta más que vos”, y así era con todos, a todos nos ponía apodos despectivos (un creativo el Edu). Un día tuve que trabajar con él en “el infierno”. Le decíamos “el infierno” a una sala donde nos tocaba trabajar una vez a la semana y la temperatura ahí rondaba los sesenta grados. Era una sala donde entrabas diez minutos a trabajar y tenías que salir un rato porque realmente era el infierno, no se podía estar. Entonces, Eduardo Arrogancia (así le decíamos los demás empleados) no podía no hacer de las suyas el día que trabajé con él en esa sala. Estábamos trabajando ahí y yo salía cada 10 o 15 minutos, mientras lo veía a él quedarse ahí, y le decía “dale, Eduardo, salí de ahí que te va a hacer mal” a lo que él me contestaba “vos sos el flojito que acá que no puede estar diez minutos sin salir llorando, yo me la banqué siempre acá” (claramente no se la seguí, no valía la pena discutir con él). Conclusión: en una que salgo y vuelvo a entrar, lo veo ahí tirado, seco. Y sí, falleció de un golpe de calor. Un boludo con todas las letras y mayúsculas. Pero bueno, siempre lo recordé y me sirvió de ejemplo para enseñarle a mis hijos que la arrogancia es mala compañera, hasta sirve de moraleja, qué cosa lo de este Eduardo, che…”.

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